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El lugar de la víctima vial es un lugar de dolor, de rabia y de impotencia.

¿Cómo llenar ese vacío para seguir viviendo?

El lugar de la víctima vial es un lugar de dolor, de rabia y de impotencia.

La muerte de Jacinto, mi hijo, me ha puesto en ese lugar, como víctima indirecta. No hay manera de cambiarlo, ya que la pérdida es irreparable. Así que se tienen que buscar estrategias para seguir viviendo y cargando, no solo el dolor de la ausencia, sino también el peso de ser víctima.

De esto, lo único que salva es el contacto con la vida. En mi caso, la energía, vitalidad, creatividad y compañía amorosa de mi hija me impulsa y me acompañan. Así mismo he entendido que la visión de la vida es otra, ya no se vive ni se siente igual, y para poder seguir el día a día tiene que tener un sentido de vida, es decir, acciones agradables, compañías solidarias, momentos disfrutables, objetivos que lleven a acciones que aporten cosas lindas, buenas, que ayuden o sirvan a alguien o para algo.

Esto me fue llevando a dimensionar el significado de ser víctima vial. Así,  yo y mi dolor somos solo una cuenta más de las 16,000 del año 2020, que, si consideramos todas las personas afectadas por cada muerte -hermanas, parejas, amistades, parientes, etcétera-, la cuenta se agranda casi al infinito, literalmente. ¿Cómo podemos soportar esto? ¿Cómo puede ser una pandemia oculta, si es lo que vivimos todos los días en las calles?

Las muertes viales son resultado de la dinámica actual de las ciudades, cuya violencia hemos naturalizado, a pesar de que a diario mueren jóvenes, niñas y niños, principalmente, pero no solo. Hemos normalizado que las calles son para que los carros corran, que las personas sin carro deben dejarlos pasar, temerles y respetar… ¿respetar?

Como sociedad, dejamos de reconocer que la velocidad de los automóviles es lo que mata, acompañado de la prepotencia de correr en las ciudades; olvidamos que lo que se debe respetar es la vida de todas y todos, que transitar de manera segura es un derecho. Que si las ciudades crecen debería ser acorde a las necesidades y seguridad de las personas. ¿Cuándo pasó esto? ¿Cómo cambió el sentido de las ciudades y la idea que lo recrea?

Pensar que las personas muertas en las calles por siniestros viales, colisiones y atropellamientos no son casuales ni aisladas, sino parte del sistema, del funcionamiento “normal” de las ciudades y carreteras. Este es el drama.

Es ahí cuando las reflexiones me fueron llevando del plano personal a la conciencia hacia lo colectivo, la conciencia social le dicen. Como todas las víctimas indirectas, hoy vivo con la convicción de que no queremos más víctimas viales. Nada nos regresa a nuestros hijos, pero tenemos que parar este drama.

Así, la ausencia de Jacinto se acompaña de recuerdos y memorias, pero también de búsquedas y acciones. Primero fue el encuentro con los colectivos de ciclistas, las rodadas de colocación de bicis blancas, los tuiteos alrededor de la Ley General de Movilidad y Seguridad Vial, el encuentro con la Coalición, la FICVI y toda la gente solidaria, activa y fuerte de este movimiento, incansables, que cada día me sorprenden más. Y seguiré con acciones que aún no tengo claras.

He entendido esa dimensión global de la violencia vial, la visión sistémica, el papel del mercado en esta historia a través de las automovilistas y sus intereses económicos por encima de todo, los transportistas que representan el consumo de las poblaciones moviéndose en las carreteras, los debates políticos, pero lo que me pesa es por qué esos grandes intereses han modificado las ideas, creencias, formas de relacionarse de toda la población; por qué se ha aceptado que los carros y la velocidad gobiernen las ciudades, y esa idea se ha infiltrado tanto en el funcionamiento del sistema como de nuestras conciencias.

No deja de impactarme cómo las consecuencias de las dinámicas globales llevaron a una persona a manejar de manera inconsciente, a alta velocidad, seguramente en estado de ebriedad, sin precaución, a aventar con su carro y matar a mi hijo, que circulaba tranquilamente en bicicleta, en una calle de la ciudad de Mérida.

Ciertamente necesitamos leyes, reglamentaciones, sistemas de seguridad vial, mejor infraestructura vial, señalizaciones, límites de velocidad, y otros elementos que permitan dinámicas amables en las calles, pero todo tiene que acompañarse de cambios más profundos, personales y generales de actitudes, de cumplimiento de reglamentos, que nos sea natural voltear a ver a las personas en la calle como vecinos con quienes compartimos un espacio público de todos. Sin altas velocidades, sin colisiones ni atropellamientos. Necesitamos imaginar ciudades como espacios de convivencia, de vida, sin muertes viales, sin víctimas directas ni indirectas.

Elsa Guzmán Gómez

Vive en Cuernavaca, Morelos

Profesora-Investigadora de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

Madre de Jacinto León Guzmán, atropellado el 1 de diciembre de 2020 en Mérida, Yucatán. Tenía 31 años, murió el 7 de diciembre después de estar 6 días en terapia intensiva.

Elsa con Jacinto