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La mañana del 21 de noviembre del 2018 era una normal. Llevaba apenas unas semanas de haber iniciado un nuevo trabajo y empezaba a adaptarme a cierta rutina. Me levanté y me bañé para luego, poco después de las ocho, sentarme desayunar con mi primo y mi novia. Revisaba mis mensajes cuando llegó uno que cambiaría mi vida y la de muchas personas más. En un grupo de reportes de percances en bici que tenemos para poder apoyarnos en caso de necesitar auxilio pusieron un tuit sobre un ciclista atropellado. En algunos casos hablaban de que había muerto y en otros no. Luego enviaron una fotografía de la bicicleta y fue ahí cuando se rompió mi corazón. Una bici blanca con una tijera negra, rota y doblada. La vi y lo supe. Todo tenía sentido: la ubicación, el modelo. Sabía que se trataba de Manu. Les dije que probablemente se trataba de él e inmediatamente intenté agarrar mi bici para salir pedaleando al lugar, cuando me detuvieron para mejor irnos juntos en el coche de mi novia. “Él está vivo. Seguro ha de estar lesionado grave, pero está vivo y lo voy a poder ver y va a estar bien” pensaba una y otra vez de camino al lugar. 

 

Apenas terminamos de estacionar el auto yo salí corriendo, brinqué el cordón policial y lo vi allí, tendido, cubierto por una sábana. A unos metros se encontraba tirado uno de sus zapatos y un poco más lejos, su bici. Me arrodillé a unos metros de su cuerpo, saqué mi teléfono del bolsillo y confirmé a mis compañeros que era Manu quien acababa de ser asesinado hacía menos de una hora. A partir de ahí el día fue uno de los más largos que he tenido en mi vida. Amigas y amigos llegaron al punto al enterarse. Luego compañeras y compañeros del trabajo, incluida la presidenta municipal. Llegó su familia y yo me sentía anestesiado, reaccionando a la situación sin pensarlo mucho. Hice varias llamadas para dar la noticia, todas ellas muy dolorosas, pues sabía que estaba siendo el peor emisario posible. Sé que mi relación con algunas de las personas que hablé cambiaron profundamente desde el momento en que me contestaron el teléfono. Tras un par de horas de estar en el lugar varios compañeros, familia y amigos nos trasladamos a su departamento por papeles, luego a la fiscalía y después al servicio médico forense. Finalmente regresamos a la fiscalía un rato más, acompañando a sus padres hasta la tarde. 

 

En paralelo a todas estas visitas muchos camaradas empezaron a organizar una manifestación para esa misma noche así que aproveché el par de horas que tenía libres para comer un poco y preparar el pronunciamiento que daríamos más tarde. Cuando oscureció y salimos al encuentro en el zócalo me sorprendí por tanta solidaridad. Cientos de personas llegaron, algunas a pie y otras en bici, todas ellas compartiendo nuestra tristeza e indignación. Pedaleamos y caminamos del zócalo a la fiscalía y luego al punto donde nos mataron a Manu. Colgamos una bici blanca, dimos unas palabras y luego guardamos silencio en su honor. Terminando la concentración y tras despejarse el lugar fuimos a su casa por ropa para vestir su cuerpo para su funeral al día siguiente. 

 

Estar en su cuarto, ese cuarto donde él y yo dormimos juntos muchas veces, donde reímos, donde observábamos la ciclovía de la 4 por la ventana, maravillados con cada ciclista que pasaba en ese tramo nuevo, me rompió profundamente. Tenía sólo un par de días que había estado allí con él y ahora jamás volvería a verlo, a tocarlo, a besarlo. Jamás volveríamos a jugar xbox o a pasar domingos enteros en pijama viendo películas y comiendo papas del puesto que está cruzando la calle. 

 

A un año de distancia sigo tratando de encontrarle un sentido a todo lo que ha sucedido, de cerrar el hueco que su partida me dejó y creo que nunca me voy a recuperar del todo. Sólo sé que no ha dejado de doler y que a veces quisiera venganza, otras tantas sólo regresar en el tiempo a unos días antes de que nos lo arrebataran. Manu era un ser verdaderamente especial. Era un valiente y creo que el mundo es un poco peor sin él. Conocerlo fue una gran sorpresa para mí. Jamás pensé que alguien pudiera ser tan alegre, tan leal y tan noble. Nunca tuve un solo reproche para él. Siempre feliz y siempre a la altura de las situaciones. Ojalá siguiera con nosotros. 

Armando Pliego Ishikawa