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“El 26 de febrero de 1990, “alguien” allá arriba, me envió un Ángel al que yo llamé hijo durante 14 años. 

El 22 de mayo de 2004 “alguien” aquí en la tierra, se encargó de enviar a mi hijo de regreso al cielo. 

Y ese, fue un conductor ebrio.” 

22 de mayo 02:20 A.M., en casa de mi hermano nos reunimos con otra pareja que son de mi mismo pueblo natal y que también viven allá. Nos reíamos a carcajadas recordando anécdotas y estábamos pasándola muy bien. Sentí sed así que me levanté de la mesa para servirme un vaso con agua, cuando lo estaba sirviendo sentí algo que no sé explicar, pero que me obligó a poner mi mano en el corazón, junto a eso me entró una profunda tristeza y recuerdo haber pensado ¿Qué me está pasando? ¿Por qué me estoy sintiendo así? Me sentía tan mal, rara, triste, que no regresé con los demás y fui a prender la televisión, ahí me di cuenta de que eran las 2:20 de la madrugada y era la hora exacta en que mi hijo estaba perdiendo la vida.

No pude dormir, vi el cielo aclarar y me quedé dormida por algunos minutos pues a las 6 am escuché el timbre de la casa. Asustada me levanté y al llegar a la puerta mi hermano ya había abierto y me dijo. Te buscan a ti… ¿A mí? Pensé, ¿cómo saben estos policías que yo estoy aquí? Mientras pensaba eso, les dije: Yo soy, díganme, ellos comenzaron a interrogarme: ¿Cuál es su nombre, el nombre de su esposo, el nombre de sus hijos, su dirección? Yo iba respondiendo, cuando ellos tuvieron la certeza que yo era la persona correcta, me dijeron: “Su hijo tuvo un accidente, tiene que regresar a su casa”

La mente vuela. Mientras yo les preguntaba: ¿Cómo está? Por mi mente pasaban mil preguntas ¿Cómo es que Jaime tuvo un accidente? ¡Son las 6 am, se supone que está dormido! Ellos respondieron: No sabemos cómo está, solo le avisamos que regrese a su casa.

El camino más largo de mi vida. De inmediato mi hermano y yo salimos rumbo a Tucson. Durante todo el camino hablaba por teléfono para saber de Jaime, pero nadie me respondía. Nadie contestaba el teléfono. Yo durante el camino (el más largo de mi vida) le decía a mi hermano que me llevara al hospital y no a mi casa. Mi hermano me respondía que mi esposo me estaba esperando en la casa y que me llevaría para allá. ¡Que no!, respondí, llévame al hospital y me decía lo mismo, “yo no sé dónde es, te llevaré a tu casa”… así fuimos todo el camino, imaginando a mi hijo golpeado en el hospital, desesperada y angustiada por llegar, verlo, cuidarlo y curarle sus heridas.

La mala noticia. Finalmente entramos a Tucson, y vi que mi hermano tomó el camino a mi casa: ¡Te dije que no me lleves a la casa! ¡Quiero ver a Jaime, llévame con él por favor! Mi hermano muy serio me responde: Te está esperando Luis Ángel (mi esposo). Llegamos a mi casa y efectivamente, mi esposo estaba afuera esperándome. Yo desesperada ya con enojo le dije casi gritando: ¡Llévame con Jaime! Mi esposo muy tranquilamente me respondió: Si, pasa a la casa. ¡No! Le dije, no quiero entrar, quiero ir con mi hijo, ¡llévame! Y él con la misma tranquilidad me vuelve a responder: “pasa” vamos a hablar… Yo al ver que insistía en que yo pasara a la casa, pensé: “Quiere que entre para decirme que Jaime está muy golpeado”, con ese pensamiento yo volvía a gritar ¡llévame por favor! ¡Quiero ver a Jaime! Y volvía a decirme: Si está bien, pero pasa… Como dije antes, la memoria vuela, ¡¡entonces yo pensé me va a decir que Jaime no volverá a caminar!! Pero nunca, nunca, pasó por mi mente que mi hijo hubiera muerto. Y con ese pensamiento le dije: Ok, ¿pero no está muerto verdad? La cara de sorpresa que hizo, fue la respuesta para mí, pero yo hice esa pregunta porque por mi mente nunca se cruzó esa idea, yo estaba segura que su respuesta sería “No, no está muerto, está muy golpeado pero está bien. Pero su cara me decía todo y no era la respuesta que yo quería, así que voltee a ver a mi hermano para que él me diera la respuesta que yo quería escuchar, pero mi hermano lloraba tanto, tanto, que confirmaba que mi hijo estaba muerto.

Negación y enojo. ¡¡No!! ¡¡No, no, no!! ¡¡JAIME!! Jaime! Jaime!! No sé cuántas veces le grité quería que me oyera y que volviera. Jaime!! Y ¿saben ustedes lo que se siente el saber que ya no volverá, que no lo volveré a abrazar, a oír, a oler, a reírnos juntos? ¡Por favor! ¡¡Que me lo regresen!! Y comienzas a tener una sensación de pedir perdón; ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! Así como cuando cometes un error y pides disculpas o perdón y todo vuelve a la normalidad, así me sentía yo. Por favor, ¡perdón! que alguien me lo regrese. ¿Pero a quién se lo pides? ¡Ni Dios me lo podía regresar! Y en mi caso, me enojé con Dios… ¿Dónde estaba cuando mi hijo estaba perdiendo la vida? Si yo siempre le dije: Que Dios te acompañe, que Dios te bendiga, le enseñé a rezar, he sido una buena persona, mi hijo también. Y entonces pensé “algo muy malo he de haber hecho en la vida, para que Dios me castigue así”

La pregunta sin respuesta. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Es la pregunta que te haces una y mil veces y es la pregunta sin respuesta. Las personas por querer ayudarte te dicen: Que Dios así lo quiso, que todos tenemos una rayita, que era su tiempo, que estaba en el lugar y la hora equivocados… ¡No! Tanto derecho tenía mi hijo de estar en ese lugar y a esa hora, como lo tiene cualquiera, ¿O acaso el borracho sí tenía el derecho? ¿El borracho sí tenía el derecho de estar a esa hora y en ese lugar? Yo nunca he deseado la muerte a nadie, pero recuerdo haber dicho ¿Por qué no se murió el borracho?

Uno es mucho. Llegó el Sheriff del condado para decirme cómo había sido el “accidente” mi hijo y su amigo José, acompañaron a Valeria, hermana de José, a una reunión, al salir de la reunión llegaron a un Mc. Donalds y compraron galletas, soda, y otras botanas, salen del establecimiento y unos metros adelante, en sentido contrario venía un carro haciendo zigzag, golpea el carro donde venían ellos justo en medio de las puertas de lado de la conductora, mi hijo viajaba detrás de la conductora, todos traían el cinturón de seguridad y ninguno había ingerido alcohol, el carro comenzó a girar y de reversa se estrelló con un árbol golpeando el lado de mi hijo y mi hijo murió instantáneamente. No sufrió. El conductor del otro automóvil venía muy ebrio y se dio a la fuga “Pero yo lo voy a encontrar, porque uno es mucho”. Esas fueron las palabras del Sheriff y esa última frase nunca la olvidé. El lema de la asociación JAIME es, UNO ES MUCHO.  

Del dolor a la acción. A pesar de que tienes a tu familia y amigos queridos cerca y no te abandonan, están todo el tiempo contigo, uno se siente de todas maneras sola, porque, aunque sienten el dolor por haber perdido a su sobrino, ahijado, primo, etc., no sienten verdaderamente el dolor que tú estás sintiendo. No recuerdo si había pasado un día o dos cuando llegó a mi casa una mujer desconocida para mí, ciudadana norteamericana y me dijo, yo también perdí a mi hija por culpa de un conductor ebrio… fue ahí donde yo me sentí acompañada, ella sabía de este dolor y todo lo que yo estaba sintiendo. Fue ahí cuando supe que tenía que hacer algo, que no era la única y que toda la gente sobre todo los jóvenes debían saber lo que está sucediendo en las calles.

JAIME es una asociación no gubernamental y sin ánimo de lucro, fundada por Claudia Dinorah Alcaraz Sánchez, en honor a su hijo Jaime Francisco Orozco Alcaraz a quien un conductor ebrio le quitó la vida con tan sólo 14 años de edad. JAIME que por siglas significa Jamás Apoyaré Ir Manejando Ebrio, se fundó en Guaymas Sonora en mayo de 2010. Desde entonces trabajamos a nivel estado, país y Latinoamérica, para que ningún joven más muera por culpa de la conducción en estado de ebriedad y para la movilidad y seguridad vial.

JAIME AC., es miembro de la Federación Iberoamericana de Asociaciones de Víctimas de la Violencia Vial –FICVI-, forma parte de la Coalición Movilidad Segura, trabaja en respeto a la Liga Nacional Peatonal, Forma parte de la Red de Víctimas de Los Rescatadores y de Women in Motion.

Nuestro mensaje: Uno que conduce en estado de ebriedad, es mucho. Uno que lleva nuestro mensaje a otras personas, es mucho. Uno que deja de conducir ebrio, es mucho. Uno que vive, es mucho. Uno que muere, es mucho.