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Corrían las primeras horas del último día del siglo 20.

Eran casi las tres de la madrugada. El auto en el que viajaban Martha Alicia Tamez, su esposo Rubén Martínez y dos de sus tres hijos, Rubén y Luis, se enfilaba por Las Torres de poniente a oriente.

La familia venía de una reunión con amigos y Rubén, el hijo mayor, se ofreció a conducir para que su padre pudiera beber durante la cena. Iban por el cruce con la Calle Tamuín cuando Reynaldo Torres, quien manejaba por el carril contrario, intentó evadir un retén antialcohol y, en la maniobra, estrelló su coche con el de la familia.

Martha y Luis iban dormidos en el asiento trasero. El niño, de 15 años, murió instantáneamente.

El responsable y su acompañante, una mujer, salieron de su coche destruido y abordaron un taxi que pasaba por el lugar. El hombre, entonces de 35 años y en estado de ebriedad, de acuerdo con las notas periodísticas, dejó a la mujer en su domicilio, situado precisamente a unos metros de la casa propiedad de Martha y Rubén, al poniente de la Ciudad, y se fue.

El taxista que llevó a la pareja, al oír una llamada de Reynaldo en que informó del accidente en que “hasta muertos hubo”, regresó al lugar del estrellamiento e informó a la autoridad el domicilio en que había dejado al responsable. Para cuando la Policía se enteró de que su dirección era otra y llegó al fin por él, lo encontró amparado.

El autor de aquella tragedia tardó en presentarse ante la autoridad; nunca pisó la cárcel ni Rubén aceptó la compensación económica. No supieron más de él.

De esto, Martha no se enteró de inmediato. Tardó un mes en despertar del coma y un año en rehabilitarse y entender la magnitud de la pérdida.

“Empecé mi duelo cuando ya todo mundo quería llevar una vida más o menos normal”, expresa ella, de tez morena, rizos negros, ojos grandes y que suele marcar sus palabras en su testimonio.

“Mi familia no quería que llorara porque me podía afectar”, relata. “Estaba tan enojada con la vida, con Dios, con el mundo: no toleraba que, sin la intención de hacerme daño, me dijeran ‘mira, tienes un angelote en el cielo’ o ‘tienes que sobreponerte porque todavía tienes dos hijos'”. “Quería cerrarle la puerta a todo aquel que me quisiera dar cátedra: ‘me las sé todas’, les decía, y es que lo único que uno necesita en el duelo es que lo escuchen”.

Sus hijos menor y mayor tuvieron problemas en la escuela, en tanto Rubén hacía lo posible por sostener en pie el hogar. Fue hasta que su hijo más chico le preguntó a ella: “¿nada más a Luis querías?” que decidió “vivir el duelo como Dios manda” para un día salir. 

 

Empezó a quedar atrás la pregunta dirigida a Dios de por qué no le permitió acercar a Luis hacia ella antes de dormir en el auto.

De alguna manera ya conocía este tipo de historias: a sus 7 años le tocó la muerte de su hermano de 5 cuando se soltó de la mano de la empleada doméstica y cruzó corriendo la Carretera Nacional para ir a encontrarse con su madre en la otra acera, en El Cercado: un camión le arrebató la vida.

“Pero esto era mío, era en carne viva y me tocaba a mí vivirlo como madre”, expresa.

Aunque esto ha sido duro para todos, cuenta, entendieron que nadie lleva un duelo igual al otro y que deben escucharse. Hay que aprender, también, a decir: “me siento mal, déjenme. Mañana estaré bien”.

Han pasado 22 años. Sus hijos han crecido, su matrimonio se hizo más fuerte y Martha, con fibromialgia y esporádicos “se me fue la onda de lo que te estaba hablando”, evoca como si fuera ayer a aquel niño al que describe como noble, conciliador, distraído, que anhelaba ser veterinario y que no vio morir a su pitbull Tiger, hace dos años.

También, al que horas antes de perder la vida le tocó ver por televisión un accidente automovilístico en que alguien murió y expresó: “Pobrecito, no pasó el 2000”.

Martha agrega: “Tampoco él lo pasaría”.

Así, cambió el milenio, también la vida de esta familia, pero no la estadística atroz: Nuevo León sigue firme en los primeros lugares a nivel nacional en accidentes automovilísticos relacionados con el alcohol. Por ello, desde el 2007, Martha se integró al grupo de personas en duelo de la asociación No a Conducir Ebrio (NACE) donde no sólo ha compartido su camino con gente en situación similar sino que ha participado, incansable, en programas que difunden lo que es obvio, pero que por desgracia es necesario repetir una y otra vez: si consume alcohol, no maneje.

“Lo hemos dicho tanto: busquen a una persona sobria que conduzca o tomen taxi, porque aparte de que se pueden causar un daño terrible o morir, le provocan a una familia un dolor tremendo: no es lo mismo ver morir de enfermedad a un ser querido que saber de un joven de 15 años que estaba bien un día y, al siguiente, ya no está con su familia.

 

“Sentirse culpable de una muerte así ha de ser terrible”.

-Martha Alicia Tamez

Luis Fernando Martínez Tamez hijo de Martha